La razón humana es una gota de luz en un lago de tinieblas. Commerson

Uno de los mayores inconvenientes a la hora de liberarnos de ataduras, prejuicios y miedos es la culpa. El sentimiento de culpabilidad lo llevamos incorporado desde el mismo instante de nuestro nacimiento, por vía de la sangre, grabado mediante el fuego genético y celular.

Hablar o expresar sobre la culpa es tarea compleja, ya que, por el mero hecho de nombrarla, parece que se produce un estado de paralización instantánea, que nuestro ser se repliega en desarmonía…Que acertadas son las palabras de Publilius Syrus al afirmar “que infeliz es aquel que no a si mismo puede perdonarse”. La culpa, el sentimiento de culpabilidad tiene muchísimo que ver con la ausencia del perdón, de perdonarnos a nosotros mismos. La culpa y el perdón son dos antagonistas, dos púgiles que no pueden permanecer simultáneamente en un mismo ring o escenario.

Nuestra conciencia es fácilmente influenciable por extraños acontecimientos, recuerdos o implicaciones que nos alejan de un estado de bienestar y nos impiden –en numerosas ocasiones- poseer una adecuada calidad de vida. El universo emocional es maravilloso; todos poseemos la capacidad de desarrollarnos de forma eficiente, positiva, plena, con dicha y felicidad. La culpa…¡que terrible se presenta a cada instante! Por desgracia, millones de seres humanos son atormentados por los fantasmas del “quizás tendría…”, “debería haber hecho…”, “no soy capaz de olvidar…” En el fondo, como bien describía Agustín de Hipona: “El alma desordenada lleva en su culpa la pena”.

Tenemos que ser conscientes de la presencia del sentimiento de culpabilidad; sí, conscientes para reconocerlo, identificarlo, explorarlo y extirparlo de nuestras vidas, de nuestro día a día. ¡¡¡Podemos y debemos hacerlo!!!

Que triste es quedar permanentemente atrapado bajo el látigo del tormento mental al que la culpa, irremediablemente, nos conduce. Desde mi universo interior, mi esencia, puedo construir el puente que permite
el paso certero y seguro hacia la construcción de una auténtica realidad exterior…Eliminando el sentimiento de culpa.

La culpa es una energía del pasado, gris, oscura, gastada y aniquiladora.

La responsabilidad es la respuesta a cualquier intento de anulación mental-emocional-espiritual por medio de la culpabilidad, siempre paralizante. Siendo responsable, es decir, asumiendo los actos de mi vida, puedo combatir, vencer y exterminar a ese peligroso enemigo que impide mi crecimiento y desarrollo pleno. La responsabilidad es una energía muy poderosa y vigorosa, que va a permitir salvar los obstáculos, las trampas que “la vida”, “los otros” o “el mundo” parecen querer presentarme para impedir mi felicidad y prosperidad.

Hay una frase que quisiera compartir contigo, que dedicas una parte de tu valioso tiempo a leer lo que te escribo; frase de Oscar Wilde que seguro conoces: “El hombre puede soportar las desgracias que son accidentales y llegan de fuera: pero sufrir por propias culpas, esa es la pesadilla de la vida”. ¿Cuánta importancia excesiva damos a pequeñas cuestiones que en el fondo son de naturaleza efímera o doméstica? Cada ser humano es único, maravilloso y con una potencialidad extraordinaria. Así eres tú.

Todo esto forma parte de nuestra vida, de nuestro ser, de nuestra manifestación. En cambio, quedamos fácilmente perplejos (viene a mi mente esa excelente obra del filósofo, médico y rabino cordobés Maimónides: “Guía de Perplejos”, que de cuando en cuando suele maravillarme) ante situaciones o hechos en los que no somos, en absoluto, responsables; sí, responsables y no culpables. La palabra culpa o el sentimiento de culpabilidad deben ser eliminados de raíz de nuestro vocabulario, mente, corazón y alma.

A lo largo de mi vida he podido comprobar lo duro que es y representa, para muchas personas, caminar por el sendero de la existencia con una mochila repleta de sentimientos de culpabilidad, de situaciones o actuaciones que “podría o debería –supuestamente- haber realizado u omitido hacer”. La culpa lleva al dolor y al resentimiento… con los demás y con uno mismo.

Con que certeras palabras, San Bernardo, nos previene: “La culpa no está en el sentimiento, sino en el consentimiento”; sí, en aceptar lo que no es de recibo; en quedarnos con lo que no nos pertenece; en atrapar, en vez de soltar. Soltar, soltar, soltar…los miedos paralizantes, el sentimiento asfixiante de culpabilidad. Darnos el perdón. Que maestro extraordinario, que luz tan inmensa poseía Jesús de Nazaret, el Cristo; por ello hablaba de la mayor terapia existente: el perdón, que nace del amor, de ese amor al que debemos acudir con prontitud, en la seguridad de su poderosa energía.

En el fondo, es muy probable que Peter McWillians tenga razón cuando sostiene que “la culpa es rabia dirigida hacia nosotros mismos”. Si, es posible y necesario vencer al gigante que se manifiesta con múltiples y diferentes aspectos, pero que fácilmente podemos identificar bajo la etiqueta del sentimiento profundo y doloroso de culpabilidad. Por ello es preciso analizar, reflexionar y dar el paso definitivo de expansión de nuestros auténticos sentimientos, profundos y vivenciales. ¡Dejar fluir a la vida…para disfrutar de ella y con ella!

El pasado…ha pasado, quedó atrás, en el recuerdo; dulce, cálido y acogedor recuerdo que debemos conservar en nuestra esencia. Pero cuando el pasado se nos manifiesta como una loza de proporción dantesca que impide sentirnos plenamente vivos en el presente, entonces –sólo entonces- debemos “levar amarras” y gozar de un fresco y agradable viento de poniente, que permite poner rumbo al presente.

La culpa pertenece a un tiempo pasado, que debes relegar al dulce sueño de una noche de verano, a la quimera de una fantasía no realizada en su momento. Vivir es mucho más apasionante que quedar atrapado bajo las gruesas cadenas de los prejuicios absurdos que crea la mente. Liberarnos de la “enemiga”, para encontrar a la compañera y amiga debe ser el horizonte que guíe nuestro camino.

La mente es una poderosa aliada; pero también sabes que puede convertirnos en prisioneros de la duda y el desasosiego, junto a su gran aliada: la culpabilidad. Ser sincero con uno mismo; ser auténtico es comprender que, desde nuestra imperfección, es posible intentar hacer mejor las cosas; cada situación se presenta como una espléndida oportunidad de realización personal. Como afirmaba T. Willians: “Hay un remedio para la culpa, reconocerla”. Seamos libres y reconozcamos nuestras limitaciones para convertirnos y formar parte de una realidad que va más allá de un simple proyecto, que las circunstancias o lo demás pretenden que seamos.

RETÉN EN TU MENTE:

La razón es lo que más asusta a un loco. Anatole France.

PARA TU BIENESTAR:

La culpa es una energía del pasado, gris, oscura, gastada y aniquiladora.

REGLAS DE ORO:

Elimina la palabra culpa o el sentimiento de culpabilidad de tu vocabulario, mente, corazón y alma.

La culpa lleva al dolor y resentimiento.

Otorga el perdón: a ti y a tus semejantes.