En esta práctica debemos realizar acciones virtuosas o positivas, porque son la raíz de nuestra felicidad futura, abandonar las acciones no virtuosas o negativas, porque lo son de nuestro sufrimiento futuro, y controlar nuestros engaños, porque lo son de nuestros renacimientos contaminados. Además, debemos cultivar fe, sentido del honor, consideración por los demás, antiapego, antiodio, antiignorancia y esfuerzo.

FE

Para adiestrarnos en la práctica de la fe hemos de cultivar y mantener tres clases de fe: fe admirativa, fe creyente y fe desiderativa. La naturaleza de la fe admirativa es regocijo –el regocijo en la pureza completa de los seres iluminados, de sus enseñanzas y de las realizaciones de sus enseñanzas–. La naturaleza de la fe creyente es creencia correcta –la creencia de que los seres iluminados están realmente presentes ante nosotros, aunque no los veamos, y que sus enseñanzas y las realizaciones de sus enseñanzas son el verdadero refugio que protege de forma directa a los seres sintientes del sufrimiento y el miedo–. La naturaleza de la fe desiderativa es deseo –el deseo de llegar a ser como los seres iluminados, de poner sus enseñanzas en práctica y de alcanzar las realizaciones de las mismas–.
Puesto que la fe es la raíz de todos los logros espirituales puros, debería ser nuestra práctica principal. Cuando el famoso maestro budista Atisha se encontraba en el Tíbet, un hombre se le acercó para pedirle que le diera instrucciones de Dharma. Atisha permaneció en silencio y el hombre, pensando que no le había oído, se lo volvió a pedir alzando la voz. Entonces, Atisha respondió: «Tengo buen oído, pero tú necesitas tener fe».
Los seres iluminados se denominan Budas; sus enseñanzas, Dharma, y los practicantes que han alcanzado realizaciones de estas enseñanzas, Sangha. Se conocen como las Tres Joyas –la Joya de Buda, la Joya del Dharma y la Joya de la Sangha–, y son objetos de fe y de refugio. Se denominan Joyas porque son muy valiosas. Al reconocer los miedos y los sufrimientos del samsara, y generar fe firme y convicción en el poder que Buda, el Dharma y la Sangha tienen para protegernos, tomamos la determinación de confiar en las Tres Joyas. Esta es la forma sencilla de refugiarnos en Buda, el Dharma y la Sangha.
Sin fe, nuestra mente es como una semilla quemada, porque al igual que esta no puede germinar, de un conocimiento que carezca de fe nunca florecerán realizaciones espirituales. La fe en las enseñanzas espirituales o Dharma nos induce a generar la firme intención de practicarlas, lo que a su vez apremia al esfuerzo. Con esfuerzo podemos lograr cualquier objetivo que nos propongamos.
La fe es imprescindible. Sin ella, aunque conozcamos enseñanzas profundas y tengamos una gran capacidad analítica, nuestra mente permanecerá incontrolable porque no las estaremos poniendo en práctica. Por muy bien que comprendamos las instrucciones espirituales a nivel intelectual, si no tenemos fe, ese entendimiento no nos ayudará a reducir nuestros problemas de odio y demás perturbaciones mentales. Además, es posible que generemos orgullo de nuestro conocimiento, con lo cual aumentarán nuestros engaños. Sin fe, el conocimiento espiritual tampoco nos ayudará a purificar las faltas. Puede incluso que acumulemos karma negativo grave si utilizamos nuestro cargo o prestigio espiritual para beneficiarnos económicamente o incrementar nuestra reputación, poder o autoridad política. Por lo tanto, hemos de apreciar la fe como una riqueza de inmenso valor. Así como el espacio está en todas partes, la fe está presente en todas las mentes virtuosas. Si tenemos fe en la iluminación, generaremos la intención de alcanzarla, con esta intención generaremos esfuerzo, y con esfuerzo lograremos nuestra meta.
Si el practicante tiene fe firme, aunque cometa algún error, aún recibirá beneficios. En cierta ocasión el hambre se extendió por la India y morían muchas personas. Una anciana fue a ver a su Guía Espiritual y le dijo: «Por favor, enséñame algún método para sobrevivir». Su maestro le aconsejó que se alimentase de piedras. «¿Cómo puedo convertir las piedras en algo comestible?», preguntó la mujer. Y el maestro le respondió: «Si recitas el mantra de la Diosa iluminada Tsunda, podrás cocinar piedras». Entonces, le transmitió el mantra, pero cometió un pequeño error. En lugar de decir OM TZSALE TZSULE TZSUNDE SOHA dijo OM BALE BULE BUNDE SOHA. No obstante, la anciana lo recibió con fe y, al recitarlo con concentración, consiguió cocinar piedras y alimentarse de ellas.
La mujer tenía un hijo que era monje y, preocupado por el bienestar de su madre, fue a visitarla. Se quedó muy sorprendido al verla con buena salud y bien alimentada. Le dijo: «Madre, ¿cómo es posible que disfrutes de tan buena salud cuando hasta la gente joven se está muriendo de hambre?». Su madre le dijo que se alimentaba de piedras. «¿Y cómo las puedes cocinar?», preguntó el hijo, y ella repitió el mantra que había recibido de su maestro. El hijo enseguida se dio cuenta del error y la corrigió: «¡Este mantra no es correcto! El verdadero mantra de la Diosa iluminada Tsunda es OM TZSALE TZSULE TZSUNDE SOHA». Al oír esto, la mujer empezó a dudar. Desde entonces, confundida, intentaba cocinar las piedras recitando los dos mantras, pero con ninguno de ellos lo conseguía porque había perdido la fe.
Para cultivar y aumentar nuestra fe en las enseñanzas espirituales, debemos escucharlas y leerlas de manera especial. Por ejemplo, cuando leamos un libro en el que se enseñan prácticas espirituales puras, debemos pensar:
Este libro es el espejo del Dharma que me muestra todas las faltas de mis acciones físicas, verbales y mentales. Al mostrar mis limitaciones, me ofrece la gran oportunidad de superarlas y de este modo eliminar todas las faltas de mi continuo mental.
Este libro es la medicina suprema. Si practico las instrucciones que contiene, podré curarme de las enfermedades de las perturbaciones mentales, que son la causa verdadera de todos mis problemas y sufrimientos.
Este libro es la luz de sabiduría que disipa la oscuridad de mi ignorancia, los ojos divinos con los que puedo ver el verdadero camino que conduce a la liberación y la iluminación, y el Guía Espiritual supremo de quien recibo los consejos más profundos y liberadores.
Aunque el libro no esté escrito por un autor famoso, si contiene enseñanzas espirituales puras, es como el espejo del Dharma, la medicina suprema, la luz de sabiduría y los ojos divinos, y también es el Guía Espiritual supremo. Si mantenemos este reconocimiento especial cada vez que leamos los libros de Dharma y escuchemos las enseñanzas, es seguro que nuestra fe y sabiduría aumentarán. Mediante esta contemplación podemos cultivar y mantener fe en las enseñanzas, en los maestros que nos muestran el camino y en los amigos espirituales. Gracias a ello, nos resultará más fácil progresar en la práctica espiritual.

SENTIDO DEL HONOR Y CONSIDERACIÓN POR LOS DEMÁS

La diferencia entre el sentido del honor y la consideración por los demás estriba en que gracias al primero evitamos cometer acciones inapropiadas por razones que nos atañen a nosotros mismos, mientras que gracias a la segunda lo hacemos por razones que atañen a los demás. Por lo tanto, el sentido del honor nos impide cometer acciones perjudiciales al recordarnos que no son propias de nosotros porque, por ejemplo, somos practicantes espirituales, monjes, maestros espirituales, personas adultas, etcétera, o porque no deseamos experimentar sus resultados desfavorables. Si pensamos: «No es correcto que mate insectos porque esa acción me causará sufrimiento en el futuro» y tomamos la firme determinación de no hacerlo, estamos motivados por el sentido del honor. Este nos impide cometer acciones perjudiciales al apelar a nuestra conciencia y a las pautas de comportamiento que consideramos apropiadas. Sin sentido del honor nos resultará sumamente difícil practicar la disciplina moral, el fundamento sobre el que se desarrollan las realizaciones espirituales.
Ejemplos de consideración por los demás son abstenernos de decir algo desagradable para no molestar a alguien o dejar de pescar para no hacer sufrir a los peces. Siempre que nos relacionemos con otras personas debemos ser considerados con ellas teniendo en cuenta si nuestra conducta puede molestarlas o perjudicarlas. Nuestros deseos son innumerables y si nos dejamos llevar por ellos, podemos causar mucho daño a los demás; por lo tanto, antes de hacer lo que se nos antoje debemos considerar si nuestras acciones molestarán o perjudicarán a los demás, y si pensamos que lo harán, debemos abstenernos de efectuarlas. Ser considerados con los demás es preocuparnos de su bienestar.
La consideración por los demás es importante para todos. Si somos considerados con los demás, les resultaremos agradables y nos respetarán, y nuestras relaciones con los amigos y familiares serán cordiales y duraderas. En cambio, si no lo somos, nuestras relaciones se deteriorarán con rapidez. Gracias a la consideración por los demás, las personas con quienes nos relacionamos no perderán la fe en nosotros, y es la base para cultivar la mente de regocijo.
El que seamos una buena o mala persona depende de si tenemos o no sentido del honor y consideración por los demás. Sin estas dos cualidades, nuestro comportamiento diario pronto se volverá perjudicial y los demás se alejarán de nosotros. El sentido del honor y la consideración por los demás son como prendas de vestir preciosas gracias a las cuales los demás se sienten atraídos hacia nosotros. Sin ellas somos como una persona desnuda a la que todos tratan de evitar.
El sentido del honor y la consideración por los demás se caracterizan por la determinación de abstenernos de cometer acciones perjudiciales e inapropiadas y de romper nuestros votos y compromisos. Esta determinación es la esencia de la disciplina moral. Para tomar esta determinación y mantenerla, hemos de contemplar los beneficios de practicar la disciplina moral y los peligros de abandonarla. En particular, debemos recordar que sin disciplina moral no tendremos la oportunidad de obtener un renacimiento superior y mucho menos de alcanzar el nirvana.
El sentido del honor y la consideración por los demás son el fundamento de la disciplina moral, que a su vez es la base para alcanzar realizaciones espirituales y la causa principal para obtener un renacimiento afortunado. Nagaryhuna dijo que mientras que los disfrutes provienen de la generosidad, la felicidad de los renacimientos superiores proviene de la disciplina moral. Los resultados de practicar la generosidad pueden experimentarse en un reino superior o en uno inferior, dependiendo de si se ha practicado junto con la disciplina moral o no. Si no cultivamos la moralidad, nuestra generosidad madurará en los reinos inferiores. Por ejemplo, como resultado de haber sido generosos en vidas anteriores, algunos perros de compañía disfrutan de mejores condiciones que muchos seres humanos, sus amos los miman, les dan alimentos especiales y cómodos almohadones, y los tratan como si fueran sus hijos preferidos. Sin embargo, a pesar de todas las comodidades, estas pobres criaturas han obtenido un renacimiento inferior y poseen el cuerpo y la mente de un animal. Carecen de bases físicas y mentales apropiadas para continuar su práctica de la generosidad o para realizar cualquier otra acción virtuosa. No pueden comprender el significado de las enseñanzas espirituales ni desarrollar sus mentes. Al disfrutar de tan buenas condiciones, cuando consuman el karma que acumularon con la práctica de la generosidad, puesto que no habrán podido realizar más acciones virtuosas, sus disfrutes se acabarán, y en vidas futuras serán pobres y pasarán hambre. Esto se debe a que no practicaron la generosidad junto con la disciplina moral y, por lo tanto, no crearon la causa para obtener un renacimiento superior. Con la práctica del sentido del honor y la consideración por los demás, podemos abandonar las acciones perjudiciales o inapropiadas, la raíz de nuestros sufrimientos futuros.
¿Qué es un renacimiento inferior y un renacimiento superior? Si renacemos como un ser infernal, un espíritu ávido o un animal, no tendremos la oportunidad de comprender ni de practicar las enseñanzas espirituales puras, que nos conducen al logro de una felicidad pura e imperecedera. Desde este punto de vista, se dice que son renacimientos inferiores. Por otra parte, si renacemos como un ser humano, un semidiós o un dios, tendremos la oportunidad de comprender y practicar enseñanzas espirituales puras, por lo que, desde este punto de vista, se dice que son renacimientos superiores. Si no tenemos la oportunidad de comprender el significado de las enseñanzas espirituales, contemplarlo y meditar en él, seguiremos teniendo vidas vacías, sin sentido, y experimentaremos solo sufrimiento, una y otra vez de manera interminable.

EL ANTIAPEGO

En este contexto, el antiapego se refiere a la mente de renuncia, que es el oponente del apego o deseo incontrolado. La renuncia no es el deseo de abandonar la familia, los amigos, el trabajo, el hogar, etcétera, para convertirnos en un mendigo, sino la mente que busca la liberación de los renacimientos contaminados y cuya función es eliminar el apego a los placeres mundanos.
Debemos aprender a controlar el apego con la práctica de la renuncia o de lo contrario se convertirá en un gran obstáculo para nuestro adiestramiento espiritual puro. Al igual que un pájaro no puede volar con piedras atadas a las patas, nosotros tampoco podemos progresar en el camino espiritual amarrados con fuerza por las cadenas del apego.
Ahora es el momento de practicar la renuncia, antes de que nos llegue la muerte. Debemos reducir nuestro apego a los placeres mundanos comprendiendo que son engañosos y no nos pueden proporcionar verdadera satisfacción. En realidad, solo nos causan sufrimiento. Esta vida humana con todos sus sufrimientos y problemas es una gran oportunidad para mejorar nuestra renuncia y compasión. No debemos desperdiciar esta preciosa oportunidad. La realización de la renuncia es la puerta de entrada al camino espiritual que conduce a la liberación o nirvana. Sin renuncia no es posible entrar en el camino de la felicidad suprema del nirvana, y mucho menos recorrerlo.
Para generar y aumentar la renuncia, podemos reflexionar una y otra vez del siguiente modo:
Debido a que mi consciencia no tiene principio, he renacido innumerables veces en el samsara. He tenido infinidad de cuerpos. Si los amontonara, cubrirían todo el mundo, y si recogiera su sangre y demás fluidos, formarían un océano. He sufrido tanto en mis vidas pasadas que con las lágrimas que he derramado podría formarse otro océano.
En cada una de mis vidas he experimentado los sufrimientos de las enfermedades, el envejecimiento, la muerte, tener que separarme de los seres queridos y no poder cumplir mis deseos. Si no alcanzo ahora la liberación permanente del sufrimiento, tendré que experimentar estos sufrimientos una y otra vez en incontables vidas futuras.
Contemplamos estos razonamientos hasta que desde lo más profundo de nuestro corazón tomemos la firme determinación de abandonar el apego a los placeres mundanos y alcanzar la liberación permanente del ciclo de renacimientos contaminados, el samsara. Si ponemos en práctica esta determinación, podremos dominar el apego o deseo incontrolado y solucionar así nuestros problemas diarios.

EL ANTIODIO

En este contexto, el antiodio se refiere al amor afectivo, que es el oponente del odio. Numerosas personas tienen dificultades porque su amor está mezclado con el apego; cuanto más aumenta su «amor», más lo hace también su apego, y si no se cumplen sus deseos, se molestan y enfadan. Por ejemplo, por el mero hecho de que su pareja, el objeto de su apego, hable con otra persona, puede que se pongan celosas e incluso agresivas. Esto indica con claridad que su «amor» en realidad no es más que apego. El amor verdadero no puede hacernos generar odio, porque es su opuesto y nunca causa problemas. Si amásemos a los demás como lo hace una madre a su hijo querido, no tendríamos ninguna base para experimentar problemas porque nuestra mente permanecería siempre apacible. El amor es la verdadera protección interna contra el sufrimiento.
¿Qué es el amor afectivo? Es la actitud cálida, feliz, de mucha cercanía y libre de apego que sentimos hacia alguien desde lo más profundo del corazón. Gracias a él, nuestra mente se vuelve apacible y equilibrada, libre de odio y de apego. Por ello, se denomina también ecuanimidad.
Cultivar la ecuanimidad es como arar un campo –eliminamos de nuestra mente las rocas y las malas hierbas del odio y el apego para que pueda crecer el amor verdadero–. Debemos aprender a generar amor afectivo hacia todos, de manera que cesen nuestros problemas de odio y apego y podamos beneficiar a los demás con eficacia. Cuando nos encontremos con una persona, hemos de alegrarnos de verla e intentar generar un sentimiento de afecto hacia ella. Debemos familiarizarnos con esta práctica y para ello hemos de adiestrarnos con perseverancia. De este modo mantendremos un buen corazón en todo momento, lo que nos dará buenos resultados en esta vida y en las incontables vidas futuras.
Sobre la base de este sentimiento de amor afectivo debemos generar el amor que estima a los demás de manera que sintamos de verdad que son valiosos e importantes. Si amamos a los demás de este modo, no será difícil generar el amor que desea la felicidad de los demás, también llamado amor desiderativo, y desearemos hacerlos felices. Si aprendemos a amar a todos los seres, podremos eliminar todos nuestros problemas diarios del odio y los celos, y nuestra vida se llenará de sentido y de felicidad. En los próximos capítulos se expondrá con más detalle cómo generar y cultivar el amor.

ANTIIGNORANCIA

En este contexto, la antiignorancia es la sabiduría que comprende la vacuidad, que es el oponente de la ignorancia del aferramiento propio. La vacuidad no es la nada, sino la naturaleza última de los fenómenos, y es un objeto con un gran significado. Para una exposición detallada sobre este tema véase el capítulo «La bodhichita última».
Debemos saber que, por lo general, cuando las personas ordinarias ven objetos atractivos o hermosos, generan apego; cuando ven objetos feos o desagradables, generan odio, y cuando ven objetos neutros, que no son agradables ni desagradables, generan la ignorancia del aferramiento propio. En cambio, los que siguen una práctica espiritual pura, cuando ven objetos atractivos o hermosos, generan y mantienen antiapego; cuando perciben objetos feos o desagradables, antidodio, y cuando ven objetos neutros, que no son ni agradables ni desagradables, generan y mantienen antiignorancia.

ESFUERZO

Si no ponemos esfuerzo en nuestra práctica espiritual, nadie podrá liberarnos del sufrimiento. A menudo tenemos falsas expectativas. Deseamos alcanzar grandes logros con rapidez sin poner ningún esfuerzo y ser felices sin crear las causas para ello. Queremos eliminar todo nuestro sufrimiento sin soportar la más pequeña incomodidad y, aunque permanecemos entre las garras del Señor de la Muerte, deseamos vivir tanto tiempo como un dios de larga vida. Por mucho que deseemos colmar estos deseos, nunca lo lograremos. Si no nos aplicamos con energía y esfuerzo en nuestra práctica espiritual, todas nuestras esperanzas de ser felices serán en vano.
En este contexto, el esfuerzo se refiere a la mente que se deleita en la práctica de la virtud. Su función es hacer que la mente esté feliz de realizar acciones virtuosas. Gracias al esfuerzo nos resultará agradable realizar acciones como escuchar las enseñanzas espirituales, contemplarlas y meditar en ellas, y recorrer el camino hacia la liberación. Con esfuerzo finalmente alcanzaremos la meta última y suprema de la vida humana.
Como resultado de aplicarnos con esfuerzo a la meditación, generaremos flexibilidad mental. Aunque tengamos dificultades al empezar a adiestrarnos en la meditación, como pesadez, cansancio y otras incomodidades físicas y mentales, debemos perseverar con paciencia en nuestra práctica y familiarizarnos con ella. A medida que mejore nuestra meditación, inducirá la flexibilidad mental –sentiremos que nuestro cuerpo y mente se vuelven ligeros, saludables e infatigables, y los obstáculos para la concentración desaparecerán–. Nuestras meditaciones serán fáciles y provechosas y avanzaremos sin dificultad.
Por muy difícil que al principio nos parezca la meditación, nunca debemos perder las esperanzas, sino practicar la disciplina moral, que nos protege de las distracciones burdas y es la base para cultivar la concentración pura. La disciplina moral también mejora nuestra retentiva mental o memoria, la fuerza vital de la concentración.
Debemos abandonar la pereza –la que surge del apego a los placeres mundanos, la que surge del apego a las actividades que nos distraen y la que surge del desánimo–. Mientras sigamos dominados por la pereza no lograremos nada y la puerta de los logros espirituales permanecerá cerrada para nosotros. La pereza hace que nuestra vida humana pierda su sentido. Nos engaña y por su culpa seguimos vagando sin rumbo por el samsara. Si logramos liberarnos de la influencia de la pereza y nos dedicamos de lleno al adiestramiento espiritual, alcanzaremos pronto nuestra meta espiritual. Adiestrarnos en el camino espiritual es como construir un gran edificio, requiere un esfuerzo continuo. Si permitimos que la pereza interrumpa nuestro esfuerzo, nunca conseguiremos completar nuestro trabajo.
Por lo tanto, nuestros logros espirituales dependen de nuestro propio esfuerzo. Para alcanzar la felicidad suprema de la liberación no es suficiente con tener una mera comprensión intelectual de las enseñanzas, debemos superar la pereza y poner en práctica lo que hayamos aprendido. Buda dijo:
«Si solo tienes la virtud del esfuerzo, posees todos los Dharmas,
pero si eres perezoso, no poseerás ninguno».
La persona que carece de un gran conocimiento espiritual, pero se adiestra con esfuerzo y perseverancia, irá desarrollando poco a poco todas las cualidades virtuosas, mientras que la que sabe mucho, pero tiene una sola falta –la pereza–, no podrá aumentar sus virtudes ni adquirir experiencias de los caminos espirituales. Con este entendimiento, debemos aplicarnos al estudio y la práctica de las enseñanzas espirituales puras con un esfuerzo gozoso en nuestra vida cotidiana.